En el Palacio Nacional ,el de la Presidenta Claudia Sheinbaum, presumen que ya no son diez sino “menos de dos” las mujeres asesinadas al día, como si el país hubiera pasado mágicamente de matadero a spa feminista por decreto presidencial. Mientras tanto, Kimberly y Ana Karen no alcanzaron a leer el informe de éxito: una salió de la universidad y no volvió; la otra se subió a un mototaxi y terminó tirada en un baldío de Ecatepec.
Morelos y Estado de México vuelven a su papel habitual de laboratorio del horror, reventando el optimismo oficial que se alimenta de gráficas bonitas y conferencias matutinas con tono de autoayuda. Sí, hay detenciones rápidas, sí, las fichas de búsqueda se viralizan, sí, los casos salen en portada, pero ninguna de esas medallas sirve de chaleco antibalas cuando la estrategia para proteger a mujeres en apps de transporte y protocolos de búsqueda sigue “muy rezagada”, como admite el propio activismo.
La presidenta puede sacar la cartulina de logros: Secretaría de las Mujeres, igualdad sustantiva en la Constitución, línea 24/7, centros “libres” de violencia, oficinas de género en fiscalías y abogadas con perspectiva de género atendiendo denuncias. Suena precioso, casi nórdico, hasta que las organizaciones recuerdan que sin presupuesto todo ese catálogo se queda en lo de siempre: políticas públicas de powerpoint, donde el papel aguanta más que el cuerpo de una joven en una brecha.
Nos venden como gran victoria haber bajado de más de diez feminicidios diarios en 2021 a “menos de dos” al cierre del año pasado, como si el listón fuera competir con la pandemia y no con la decencia. Las propias especialistas matizan el festejo: era casi inevitable que bajaran después del pico pandémico, los avances son desiguales, y los centros para mujeres en zonas olvidadas apenas tienen personal para funcionar.
El Gobierno se cuelga el discurso feminista, incorpora demandas de colectivas y habla de un nuevo paradigma que por fin mira la violencia antes de que nos llegue al cuello, pero la calle sigue contando otra versión. Mientras el Estado celebra indicadores, las familias siguen pegando fotos en postes, rastreando terrenos y aprendiendo, a golpes, que el “optimismo” oficial no es política pública: es maquillaje estadístico sobre un feminicidio que no se ha ido, solo dejó de caber en el discurso triunfalista.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/DAVID MARCIAL PEREZ/

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