El coordinador de Morena en San Lázaro, Ricardo Monreal, salió otra vez a predicar la “eficiencia democrática” de empatar la revocación de mandato con las elecciones. Dice que así sube la participación, bajan los costos y crece la legitimidad. Traducido del monrealés: “Aprovechemos la maquinaria electoral para que salga barata la ovación”.
Según él, juntar los comicios con la revocación blindaría el ejercicio contra el abstencionismo y, de paso, lo volvería vinculante —como si lo simbólico dejara de serlo solo por compartir urna con otros cargos. Lo que no dice es que, en un país donde los programas sociales caminan hasta la casilla, “más participación” no siempre significa “más libertad”.
Monreal asegura que el argumento opositor —ese de que la concurrencia beneficiaría al partido en el poder— no aguanta un análisis básico. Claro, si el análisis básico se hace en la misma oficina donde se redactó la propuesta.
En su lógica, si el pueblo sale a votar y castiga, el poder se debilita. Pero si sale y aplaude, se fortalece. O sea, gana Morena de cualquier modo: el relato o el resultado.
Para adornar el discurso, el legislador se quita el sombrero de estratega electoral y se pone el de contador. Calcula que empatar elecciones y revocación bajaría el costo por voto de 102 pesos a 35. Un ahorro digno del manual de austeridad populista, siempre que olvidemos definir qué estamos comprando: ¿participación o simulacro?
Eso sí, reconoce —como para no parecer ingenuo— que no siempre la concurrencia garantiza participación. Cita Durango y Veracruz, donde la gente prefirió el descanso dominical a la urna judicial. Pero ni eso apaga su entusiasmo presupuestal: total, si la fórmula no funciona, se le ajusta el verbo.
Monreal dice querer una revocación “real”, con efectos sobre el poder. Lo consigue, aunque no como imagina: cada vez que habla, revoca un poco más la credibilidad de su propio discurso.
Con informacion: ELNORTE/

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