Fracaso con mayúscula: la presidenta Claudia Sheinbaum llevó su primera gran reforma a la Cámara de Diputados y salió con las manos vacías, y el rostro algo desencajado. Morena se quedó sola a la hora de votar su “reforma electoral transformadora”, porque ni sus aliados de costumbre, el PT y el Verde, quisieron lanzarse al precipicio, vulgo dispararse en las patas.
El marcador fue digno de un clásico perdido: 259 a favor, 234 en contra y una abstención, suficiente para sepultar el dictamen. Sin mayoría calificada, la reforma murió ahí mismo, bajo la mirada satisfecha de la oposición y la sonrisa profesional de la presidenta de la Cámara, Kenia López.
Desde Tribuna, Ricardo Monreal intentó ponerle épica al funeral. Habló de “ideas del pueblo” que “persisten”, de un “curso inevitable” y, claro, del inevitable Plan B, ese parche político que se anuncia cada vez que la realidad estropea la revolución. El problema es que el Plan B ya se parece más a un Plan Z: pura resistencia retórica para disimular que el Congreso ya no es el espejo obediente del poder presidencial.
La escena quedó lista para el archivo histórico: Morena aplaudiendo su derrota como si fuera victoria moral; la oposición disfrutando su raro momento de coordinación; Sheinbaum apuntando mentalmente a la lista de traidores amigables; y Monreal recitando consignas mientras el reloj del recinto marcaba la hora exacta del primer gran tropiezo legislativo del sexenio. “¡Que viva México!”, gritó. Y México, desde las gradas, respondió con un bostezo.
Con informacion: ELNORTE/

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