Aquiles llegó al quirófano corriendo. Literalmente. Dos años, pulmones limpios y un soplo leve llamado “estenosis pulmonar congénita”. Un diagnóstico que, en la mayoría de los casos, puede vigilarse con seguimiento periódico, sin bisturí de por medio. Pero en el Hospital Ángeles Valle Oriente en Monterrey,NL, fue presentado como urgencia preventiva, una categoría quirúrgica tan ambigua como funcional para justificar la intervención… y la factura.
La “valvuloplastía pulmonar” suena sofisticada, aunque en realidad consiste —hablando claro— en dilatar una válvula parcialmente estrecha mediante un catéter que libera presión en la arteria pulmonar. Es un procedimiento rutinario para cardiólogos intervencionistas con entrenamiento en pediatría.
Y, efectivamente, de bajo riesgo, si se cumplen tres condiciones absolutas: monitoreo hemodinámico adecuado, equipo de reanimación en tiempo real, y comunicación veraz con los padres. Todo lo que, según el testimonio de los Mendoza Peña, pareció evaporarse entre quirófanos, excusas y versiones contradictorias.
El pequeño ingresó la mañana del lunes 19 de enero, confiados en que saldría por su propio pie unas horas más tarde. Los padres no recibieron actualizaciones durante el procedimiento, un silencio quirúrgico que suele preludiar el desastre.
Cuando los médicos finalmente aparecieron, no traían resultados, sino un parte de defunción disfrazado de noticia “crítica”. Las causas: confusas, variables, técnicamente turbias. El cirujano Gerardo Izaguirre y el cardiólogo Juan Carlos Tirado no coincidieron ni en los tiempos ni en la narración. Y lo más delicado: la hora de la muerte. Si un hospital altera ese dato, ya no hablamos de error médico, sino de encubrimiento.
La cirugía no mostró rastros de maniobras de resucitación, no se documentó un protocolo de paro cardiorrespiratorio y, para colmo, una factura pretendía incluir un “kit de cirugía plástica” de 35 mil pesos. En cualquier comité de ética hospitalaria serio, ese solo hecho bastaría para suspender licencias y abrir una auditoría integral. Pero en el México de la medicina privada, hay muertes que se administran como inconvenientes contables, no como tragedias humanas.
Aquiles murió dentro de un quirófano sin patología letal previa. Sus padres, con lucidez forense, no hablan de mala suerte ni de complicaciones imprevisibles. Hablan —con precisión jurídica— de homicidio culposo. Porque cuando un niño “totalmente sano” pierde la vida en una cirugía “preventiva”, y el personal es incapaz de explicar, documentar o siquiera aparecer en redes, todo apunta a un ecosistema hospitalario donde la negación y la impunidad también forman parte del instrumental médico.
Hoy la Fiscalía analiza la autopsia. Los padres exigen nombres, cronologías y el minuto exacto en que su hijo dejó de latir. En ese dato —la hora real de la muerte— se resume todo el diagnóstico sistémico: la enfermedad no está en la válvula de Aquiles, sino en la arteria obstruida de la medicina privada mexicana, donde la transparencia es el órgano que se dejó morir hace mucho.
Con informacion: ELNORTE/

Hijos de toda su puta madre yo como padre les doy en toda su madre a los médicos aunque me tenga que podría en la cárcel imaginar que ese bebé ya sin vida abren su cuerpecito para deslindar responsabilidades
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