Ayer 19 de mayo de 2025, en un acto transmitido por las redes oficiales del Senado mexicano, el abogado Carlos Velázquez fue obligado a disculparse públicamente ante Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Cámara Alta, por una supuesta “agresión física y verbal” ocurrida meses atrás en el AICM.
La disculpa, que evitó un proceso penal para el ciudadano, se realizó bajo una atmósfera de presión institucional y fue ampliamente criticada por su carácter humillante y autoritario.
El Poder y la Venganza Personal
Fernández Noroña, conocido por su estilo confrontativo y su retórica incendiaria, utilizó el aparato jurídico del Senado para perseguir penalmente a un ciudadano por un incidente menor, trasladando un conflicto personal al ámbito penal y legislativo.

Este uso del poder público para resolver agravios privados es, en sí mismo, un abuso de autoridad y una señal preocupante de cómo pueden distorsionarse las instituciones cuando los liderazgos se vuelven personalistas y los diferendos se resuelven con los “esos en vez de los sesos’.
La Escenificación de la Humillación
El acto de la disculpa pública no fue solo una resolución legal, sino una puesta en escena cuidadosamente diseñada para exhibir la sumisión de un ciudadano ante el poder.
La transmisión oficial, el lenguaje de la disculpa (“usted merece todo mi respeto”), y la presencia de Noroña como figura central, transformaron el hecho en un espectáculo de humillación. Esto recuerda prácticas autoritarias donde el adversario debe rendirse públicamente, no ante la ley, sino ante la figura del poderoso.
Contradicciones y Doble Moral
Resulta especialmente grave que este episodio ocurra apenas días después de que la presidenta Claudia Sheinbaum reiterara el decálogo de principios morenistas, cuyo décimo punto exige humildad y rechaza la banalidad en el ejercicio del poder. La omisión de este decálogo en el acto y la actitud de Noroña evidencian la distancia entre el discurso oficial de la 4T y las prácticas reales de algunos de sus líderes.
El Peligro de la Sobreedad Política
El caso revela un fenómeno recurrente en la política mexicana: la “sobredad” o abuso de la investidura pública para fines personales. Cuando un funcionario utiliza los recursos del Estado para saldar cuentas propias, se erosiona la confianza ciudadana en las instituciones y se manda un mensaje de impunidad y arbitrariedad. Además, se normaliza la idea de que el poder sirve para aplastar al débil, no para protegerlo.
Reacciones y Consecuencias
El acto fue duramente criticado por legisladores y analistas, quienes lo calificaron como excesivo, prepotente y propio de regímenes autoritarios. Más allá del impacto inmediato, deja un precedente peligroso: cualquier funcionario puede usar la maquinaria estatal para castigar a quien lo incomode, invirtiendo la lógica democrática de que el poder debe servir y no someter.
¿Qué ocurre biológicamente en la psique de un legislador autoritario?
1. Cambios neurobiológicos inducidos por el poder
El ejercicio del poder puede provocar alteraciones en el cerebro de los líderes políticos. El llamado “mal de Hubris” describe cómo el poder, al ser sostenido en el tiempo, genera una especie de intoxicación cerebral: el individuo desarrolla un ego desmedido, una sensación de omnipotencia y una percepción distorsionada de la realidad y de sí mismo. Estudios neurológicos han demostrado que el poder afecta el juicio, disminuye la empatía y refuerza la autopercepción de superioridad, lo que puede llevar a conductas autoritarias y abusivas.
2. Activación de circuitos emocionales y de identidad grupal
Desde la neurociencia política, se sabe que regiones como la amígdala (vinculada al miedo y la agresión) se activan fuertemente en contextos de confrontación y polarización.
Cuando un legislador percibe una amenaza a su estatus o autoridad, estos circuitos pueden disparar respuestas emocionales intensas, favoreciendo conductas defensivas, agresivas o de dominio sobre otros. Además, la identidad grupal se refuerza y se acentúa la mentalidad de “nosotros contra ellos”, dificultando la empatía y la deliberación racional.
3. Déficit de empatía y flexibilidad cognitiva
El poder sostenido tiende a reducir la actividad de las áreas cerebrales asociadas con la empatía (como la corteza prefrontal medial). Esto dificulta que el líder comprenda o valore las emociones y perspectivas ajenas, volviéndose más propenso a la imposición y menos a la negociación. La flexibilidad cognitiva, que permite adaptarse y considerar puntos de vista distintos, también se ve afectada negativamente, reforzando la rigidez y el autoritarismo.
4. Rasgos de personalidad y predisposición genética
Algunos líderes muestran rasgos narcisistas, psicopáticos u obsesivos, que pueden estar relacionados con predisposiciones genéticas y experiencias tempranas. Por ejemplo, el gen AVRP1, relacionado con la capacidad de crear vínculos sociales y afectivos, puede estar menos desarrollado en personas con tendencias dictatoriales, lo que reduce su placer por el altruismo y refuerza la búsqueda de dominio y control. El narcisismo político se manifiesta en una autoimportancia exagerada, fantasías de poder ilimitado y una necesidad constante de reconocimiento y sumisión de los demás.
5. Refuerzo social y aislamiento
El entorno político, lleno de aduladores y recompensas simbólicas, refuerza la autopercepción grandiosa y aísla al líder de la crítica y la realidad. Esto acentúa la desconexión emocional y el desprecio por las normas sociales, facilitando conductas de abuso y humillación pública.
En resumen
Biológicamente, el poder crónico puede modificar el funcionamiento cerebral de los legisladores, disminuyendo la empatía, aumentando la agresividad y reforzando la autopercepción de superioridad. Estos cambios, sumados a ciertos rasgos de personalidad y a la dinámica social que rodea al poder, explican por qué algunos líderes terminan actuando de forma autoritaria y abusiva.
El episodio protagonizado por Gerardo Fernández Noroña es un claro ejemplo de cómo, en nombre de la ley, se pueden cometer excesos que vulneran derechos y principios democráticos. Más allá del personaje, lo que está en juego es la integridad de las instituciones y la vigencia de un Estado de derecho que proteja a todos, no solo a quienes ostentan el poder.
El Cerebro del Poder, Atrapado en su Laberinto
El legislador autoritario no nace, se pudre y su mente se atrofia en el caldo tóxico del poder absoluto.
“El poder no solo corrompe: muta.
Convierte neuronas en armas,
empatía en desprecio,
y la democracia en un teatro de sumisión”.
Su psique, reducida a un eco de “la voluntad de poder”nietzscheana, ya no distingue entre servir al pueblo y devorarlo. Es la paradoja final: cuanto más acumula autoridad, más se vacía de humanidad.
“El poder absoluto corrompe absolutamente”, pero también aísla, enferma y condena. Su cerebro, atrofiado por la soberbia, solo late para un mantra: “Yo soy la ley”. Y en ese delirio, olvida que toda tiranía acaba ahogada en su propia sombra.
La advertencia queda escrita no en neuronas, sino en la historia:
Un pueblo dormido alimenta monstruos.
Uno despierto, los derriba.
Y hoy, más que nunca, la vigilia es revolucionaria.
Con informacion: ELNORTE/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: